miércoles, 21 de agosto de 2019




                                                
                                                 Las quemas de marzo





A pesar de que la madrugada aún estaba negra y debería hacer fresco, se sentía el calor como una cobija que cada vez era más pesada. Habíamos partido en plena oscuridad y, al llegar, la claridad del día dominaba el ámbito.
Siempre era un misterio encontrar a mi tío, primero que nosotros, aunque viajaba a pie y nosotros en bestia, con ese andar chueco, sus ojos atigrados con la expresión de no haber sido sorprendido jamás, como los tigres viejos, allí estaba, mondo y lirondo, sentado sobre el suelo cuando apenas nosotros llegábamos a los corrales como fantasmas a trasluz en la sabana de sombras y cantos de amanecer.
Y no sabíamos cómo le hacía para adelantarse. En línea recta los atajos no funcionan. Las veredas y caminos, incluso, las vías oficiales, serpentean buscando acomodo. No hay opciones de ir en línea recta. En sus borracheras fantásticas de hasta quince días seguidos, decía, Yo siempre ando a pie, camino tierra y… Y no le entendíamos el resto. Aunque mi madre dice que es por los niños en cruz que tiene dentro del cuerpo. Ellos son responsables del misterio que encierra muchas cosas de su vida, como cuando camina como si volase. Son unas bolitas sueltas, como lobanillos, que recorren incansables, como diminutos meteoros, la flaca constelación de su cuerpo, y que le otorgan ciertos poderes, según la creencia, como el de viajar grandes distancias sin moverse del sitio, o derribar un mulo de un puñetazo. Afirma que es medio brujo. Y uno en plan de creerlo todo, creíamos que era por completo. 
Todavía recuerdo cuando me dijo, con esa voz dura de gente acostumbrada a mandar, que le salía más allá de la garganta, Sobrino, si quiere le enseño una oración para ponerla como usted quiera. Y yo obvié por diversos motivos, pero especialmente porque mi ego indicaba que a la Muñe o a cualquier otra mujer que quisiera, la tendría gracias a mis atributos personales, nada de cuentos de oraciones ni entelecos de brujo. Reconozco que después lamenté no adentrarme en esa perspectiva, que bien puede ser cierta, como una rotunda estafa. Pero en caso de que sea efectiva la bendita oración, podría utilizarse con otros propósitos humanitarios, por ejemplo, lograr dominar a quienes, sin oraciones ni nada por el estilo, nos someten con la fuerza del argumento del deber. Cada cierto tiempo aparecen grupos, ya sea de soldados o de bandidos disfrazados de soldados, que reclutan jóvenes como conejos para que cumplan con el deber de  patria, esto es, matar a muchos para que unos pocos estén tranquilos. O en otros términos, poner el bulto para que el enemigo avance o retroceda, sin saber siquiera de quién deberíamos ser enemigos. La oración del enamoramiento de mi tío surtiría un efecto hipnótico, dejarían de tratarnos como cosa. Se enojó mucho por mi incredulidad respecto a sus oraciones, desde entonces ambos nos miramos con desconfianza. Él más que yo, porque dice que si alguien no cree está perdido, definitivamente.
Lo que sí no nos atrevemos a creer es que esas bolitas sean para darle fuerzas o algún tipo de poder sobrenatural, especialmente en los brazos, y que si medio golpea a alguien podría matarlo del cipotazo. Cuesta creer que unos brazos tan flacos en un cuerpo enteco y unas piernas que se bambolean al caminar como si no pudieran con el bulto reseco que soportan, sean capaces siquiera de derribar a alguien de un cipotazo. Pero eso afirman quienes le conocen mejor, aunque no nos conste a los demás.
Lo que si me consta es la dureza de sus manos. Son como piedras rudas y ni siquiera puede cerrar los dedos; los engarruña así, como pico de gavilán, como cangrejo parado en cuatro patas. Sólo hasta allí le llegan esos garfios toscos del callo que tiene almacenado durante toda una vida de machetero. Algunas veces lo vi sacarse de las palmas de las  manos, a filo de machete, pedazos de esa costra  dura que caía al suelo como quien rebana un bollo de yuca reseco. Desde entonces pensé que ojalá nunca se le dé por saludar de manos a una señoritinga citadina, de esas que parecen una ranita delicada. Le destrozaría los dedos, irremediablemente, si nosotros, toscos como él, sentíamos como si nos pasaran un pedazo de roca cuando sus manos metálicas nos saludaban.
Desayunamos en silencio, desperdigados por cualquier lado, perdidos en el claroscuro del amanecer, mientras los jornaleros aprestaban los inicios de la quema. Mi tío estaba sentado en el suelo con las piernas abiertas, como un boga, y le daba mordiscos fieros a un tolete entero de yuca sancochada del grande de la pierna de un niño recién nacido, mientras en la otra mano agarraba una totuma como el caparazón seco de una tortuga gigante, llena de café con leche. Comía con el salvajismo de muerto de hambre de un coralibe, que en esto mi madre tenía, o tiene, toda la razón.
Los camellones de monte seco parecían monstruos en reposo, dormidos, quietos, vencidos. Días antes, desde que hizo su ingreso triunfal el verano, después de adviento, los jornaleros empezaron su labor de hormiga harriera de ir destazando la vegetación seca convirtiéndola en lo que ahora es: un yerbajo de arbustos selváticos muertos esperando su destrucción definitiva por la candela resucitadora. Aunque en la larga oscuridad uno de los muchachos afirmaba, y con algo de razón, que la hilera de los camellones semejaban largos trenes detenidos. Yo insistía en que eran monstruos tendidos cuán largos estaban. Es cuestión de creer lo que los ojos ven.
En este verano todo es resequedad, silencio de animales muertos por la sequía, vacas tan flacas que parecen desbaratarse a cada paso. Animales sedientos que se meten dentro de las casas buscando paz, pero algunos encuentran un garrotazo seco y parejo que les acaba por siempre las ansias de vivir, cosa que permite que otros vivan después de comerlo en guiso de zumo de coco con papas. Como el venado aquel que se metió en casa de Genoveva Martínez, sin importarle alboroto de perros ni alborozo de quienes le dieron muerte. Se veía que ya no aguantaba más su miserable vida a causa de la sed y el hambre. Sólo se dejó matar, sin más ni más, como decidido a poner fin de una vez por todas tantas angustias y pesares. Del hambre y la sed que torturan horrible antes de matar en medio de una espantosa agonía. Y los venados no saben de suicidio, así que el pobre pareció como si buscara eso, que alguien le hiciera el favor de sosegarle la vida que ya no soportaba, se entregó como el reo sin remedio, como alentándonos a las consecuencias finales, Hagan lo que les dé la gana.
Y hasta los hombres, las mujeres, los niños del entorno parecen debatirse en franca lucha contra la muerte inminente en este verano de hambre y calor. Se ven estragados, escuálidos, chupados, secos, como mango maduro cuando le extraen el jugo sin quitarle la piel. Cáscaras secas de maracuyá con pies, manos y ojos, eso somos todos.
Hubo un tiempo que se dejaron ver unas nubes dispersas como sepas de algodones tiznados. Va    a llover, decíamos, esperanzados. Dentro de poco estarían los jagüeyes anegados con un agua café con leche, algo espesa, y no tendríamos que ir tan lejos a traer esa agua color caramelo de hojas podridas revuelta con meados de burra o de vacas que tomábamos ahora, gracias a esta sequía de espanto.
Esa vez sólo cayeron unas gotas que levantaron un polvorín de ceniza de hornilla desde el suelo, que se evaporaron en el acto dejando una sensación de vapor de agua hirviendo. Estaba lejos aún el día cuando el campo debería florecer con un tapete verde intenso, vivo, y el pasto biche recién cortado deja en el aire un aroma espeso de lluvia, despierto y fresco. La vida revivía.
Y este verano es el más intenso de muchos años. Como también ha habido inviernos intensos en otros tiempos. Siempre ha sido así. No hay un equilibrio, o al menos en lo que a nosotros respecta, el equilibrio de la naturaleza dista mucho de nuestras necesidades. Porque sabemos eso nos  burlamos de los catrincitos del gobierno central que llegan a darnos aliento sin solución en los momentos difíciles, muy serios, majos, con actitud comprensiva ante el estupor del ganado muerto con la boca llena de barro seco, de conejos, chigüiros, gallinas, de nosotros mismos que sólo nos sostiene la maldad, según dice la señora Alicia, La maldad nos tiene vivos, diciendo con conocimiento profundo que el asunto se debe al “fenómeno de la niña” Esa manía de colocarle remoquetes al comportamiento natural del Universo, de la misma manera como llaman “fenómeno del niño” al comportamiento antagónico en busca del equilibrio del mismo, como si el conocimiento del apelativo del asunto ya quedaran solucionados todos nuestros  problemas por falta o exceso de lluvias. Lo decían sin desparpajo, muy serios, con sapiencia, conscientes que la ocasión ameritaba todo el respeto, mientras los abuelos reían burlones, ripostando en voz baja para que el alcalde no los vaya a tomar como renuentes o subversivos, que esos mequetrefes no tienen idea de cómo se siembra una mata de yuca ni en qué mes debe sembrarse el millo, pe-ro se atreven afirmar asuntos más complejos como son los caprichos meteorológicos, cuando ellos saben con certeza que este sería un año difícil para las cosechas porque las cabañuelas mostraron que las lluvias estarían irrigando tierras lejanas. Siempre ha sido así. Hay años en que no soportamos tanta agua, se ahogan las cosechas, se destruyen los sueños, la misma hambre pasamos.
Empezando el fragor de la mañana, allí, en un costado de la cerca, por las guardarrayas, estaban los calambucos de chicha de millo endulzada con panela, que daba unas energías inusitadas y unos arrestos a esta gente acostumbrada a batirse sin tregua contra la vida misma, curiosamente para tener más vida, listos, esperando la faena de hombres sedientos; allí llegarían todos, uno a uno, extenuados, soasados, a calmar el sofoco del ardor de la candela y del sol en todo el cuerpo. Algo tiene el millo en su diminuta fisonomía que produce ganas de vivir y alborota los deseos tanto de hombres como de mujeres. No es de sorprender que en verano, cuando se cosecha y se consume en todas sus formas, arepas, bollos, chicha, amanezcamos con las noticias de todos los años, Anoche se salió fulanita; la semana pasada Jacinto se llevó a Marianita; las hijas de Florencio Pacheco, las tres, se  fueron una misma noche con los hermanos Ariza, Juan, Samuel y Miguel. Y todo por culpa del millo. El millo las tiene alborotadas, es la consigna de la temporada.
Una brisa engañosa juguetea por aquí, por allá, pero nadie le da importancia. Sabemos que el calor vencerá. Siempre triunfa. Los mayores, entre estos mi tío, se repartieron en silencio a través de aquellos gigantes resecos. Poco a poco fueron metiendo los primeros tizones bajo aquellas hojas secas, quienes absorbían la candela con ansias de ser quemadas, trepidaba por debajo de los camellones como algo vivo, con fuerza destructora, y salían por aquel lado y por todos lados, unos lengüetazos amarillos que en instantes convirtieron aquello en una hoguera de espanto. Los gigantes se revolvían vivos, como dolidos, dentro del repentino infierno que se desató, hacían un ruido de cosa resquebrajándose, que se rompe bajo los pies invisibles de las llamas poderosas. Era como si gritaran como sólo ellos saben hacerlo.
A los más jóvenes nos colocaron en los extremos, por las guardarrayas hechas para que la candela no brincase, alborotada, por los potreros vecinos y acabara con lo que no debería acabar, como sucedió aquella tarde intrépida cuando originé un incendio de infierno que casi acaba con el mundo.
La cosa sucedió así. Desde el extremo de los corrales vi, embelesado y retador, el pasto seco. Era una sábana blanca de color amarillo árido extendida cuan larga e infinita pudiera ser, dando esa impresión de cabello cano alisado hacia el sur por los vientos frescos del norte. El cerillo en mis manos era un pedazo insignificante de madera seca de cabeza roja, como si lo hubieran embadurnado de aceite con achiote. Ni siquiera fue intención premeditada de hacerlo, al menos eso creí. Pero un momento después una llamita lánguida que amenazaba con extinguirse por los rizos del viento, se agarró como sanguijuela de una rama muy pequeña, de allí saltó a otra mayor. Se iba sosteniendo con afán, como si fuesen acosándola, metiéndose por debajo de las cánulas del pasto reseco de la misma manera como el agua inunda la tierra, como acomodándose a los desniveles en procura de la uniformidad. Menos de un momento después, el asunto se había multiplicado anegando un espacio amplio. El humo blanco se metía debajo de los matojos como un incendio y aparecía limpio al otro lado en lengüetazos amarillos y azules emitiendo un trepidar de cosa que se resquebraja, de grito de animal que se despierta dolido.
Los sapos salían en desbanda. Antes, en épocas de lluvia, aparecían de quién sabe dónde, con ese característico comportamiento de dar tres brincos y quedarse estáticos, como piedras negras; nuevamente tres brincos y congelados. En verano desaparecen y uno no sabe dónde se meten. A raíz del toro loco que fue aquel incendio, salían con afán de iguanas buscando tierras altas para guarecerse de la lluvia seca e intempestiva de candela que los sacó de sus abstracciones milenarias, de sus letargos siderales, más veloces que desbocados asteroides, evitando ser abrazados por esa perversa mujer que venía destruyéndolo todo.
Un rato después, aquel pasto silencioso era un mar de candela sin control que se había apoderado de todo, saltaba cercados, trepaba árboles con agilidad de ardilla. Por el centro del potrero pasaba un arroyo que dividía la candela como guardarraya natural poniéndola en su lugar. No se sabe, hasta ahora, cómo hizo esa bendita para levantarse las faldas y saltar los casi cuatro metros de la zanja con agua espesa del color del chocolate cariaco, pero, todavía anestesiado por el impacto, la vi correr del otro lado, alegre, triunfal, libre, creando una inundación de pánico en el cabello cano alisado hacia el sur. Todavía en la madrugada los campesinos cerca al municipio de Candelaria luchaban por formar eras precipitadas, tratando de controlar aquel ganado violento, desbocado, de   aislarlo evitando que no fuera a incendiar al mundo entero.
Ahora estábamos a salvo gracias a la precaución de crear estas vías que evitan que el pánico cunda como esa vez. Esa cosa estaba controlada y hacía el trabajo encomendado, no tenía por qué inventar saltando cercados, alegre, y arrasando con lo que no debería importarle.
Con garrote en mano, esperábamos conejos espantados que salían aturdidos; zorros chuchos atribulados; una que otra guartinaja insomne, y les recibíamos a garrote, alborozados, en desigual contienda. Salían parvadas café de torcazas y gallinetas de tierra, azules, azoradas; guacharacas estridentes; tierrelitas angustiadas; veloces codornices. Todos huían de la muerte. Lógico, no se salvaban los sapos ni los pichones en los nidos.
La candela es mal amigo de la vida, aunque, paradójicamente, preste las condiciones para que la vida misma resucite. Todo lo que salía en desbandada, y que no lograba colocarse a salvo en terrenos no preparados para la quema, eran recibidos a garrote limpio en medio de una algazara jubilosa. A esa hora el mundo era un infierno. El cielo había tomado un matiz extraño, entre gris y anaranjado y el sol se veía tibio. Una que otra cola de humo, esas aves rapaces parecidas a los aguiluchos, del color del vinotinto, que algunas veces atacan a los niños desprevenidos, y que nuestros abuelos llaman guere guere, daba vueltas en el aire esperando encontrar un animal maltrecho, un bebé de conejo desamparado para llevárselo entre las garras a sus polluelos. Unos tienen que morir para que otros vivan, parecía ser el macabro mensaje en aquel ordenado desorden.
La humareda debía verse más allá de aquellos confines y ya en la tarde todo estaba consumado, había ardido la tierra, se había exterminado toda forma de vida y sólo quedaba un espacio pelado, negro, con troncos todavía encendidos que durarían días en ser consumidos. No quedaron ni las miserables garrapatas para contar el cuento. Ni nosotros nos reconocíamos; el humo nos había vuelto unos espectros, algunos dientes pelados por allá, una lengua rosada y seca por acá. Ya nadie hablaba. Todos, en el fondo, queríamos que por fin aquel paisaje de muerte y desolación terminase, la tierra quedaba preparada para que llegase la lluvia como hada salvadora, que tropezase los montes, que violentara todo, que inundase aquel peladero que habíamos dejado, y que la vida, nueva vida, resucitara con los bríos de una magnífica cosecha que nos haría olvidar el verano intenso de este año, de la misma manera como olvidamos el intenso invierno anterior.


domingo, 30 de junio de 2019


 




                                                                Ley de la Fieras  

La mujer conoció a los hijos de su amante. Fingió adoptarlos como madre, pero, uno a uno, fue asesinando en un crimen casi perfecto.
Por otro lado, el león tomó posesión de la manada después de asesinar al macho alfa. También  asesinó de una dentellada efectiva, uno a uno, cada cachorro. Los críos intentaron protegerse en la espesura del monte seco, pero la suerte estaba echada, la decisión era imperativa, los genes que nacerían a partir de ahora serían los del nuevo dueño de la manada. 


                                                                Fieles  
Un hombre daba gracias Divinas, pues, en el camino encontró un pequeño monedero con algún dinero. Su felicidad era mayor, y consistía en que  mientras iba rumbo a casa pensaba que no tenía suerte ni dinero para alimentar a su familia. Así que se sintió afortunado por el imprevisto, guiado por las huestes Celestiales que escucharon sus plegarias diagramando el destino para que la feliz circunstancia se diera como ocurrió. Pero entonces se allegó hasta otro hombre que, sentado en el pretil de la esquina, lucía preocupado y dubitativo mientras renegaba de su malsana suerte y de las huestes Divinas que no escuchaban sus plegarias, pues, según confesó, había perdido un monedero donde tenía el dinero con que alimentaría a su familia. Te estarán castigando, dijo el que encontró el monedero con el dinero, Por lo que debes arrepentirte de lo que hayas hecho para que puedas tener nuevamente los favores Divinos. De qué he de arrepentirme, contestó, apesadumbrado, Si todo lo que he hecho obedece a un destino que me fue fraguado desde un principio. No podría, sin embargo, arrepentirme de lo que justo ese moderador Divino puso en mí. ¿Acaso he de castigar a mi hijo por realizar lo que le indiqué hiciera? El hombre que se consideraba afortunado se alejó de allí, diciendo que la soberbia del otro era justo su perdición y que su castigo lo tenía bien merecido. Pero al cruzar la otra esquina fue asaltado por un ladrón que casi lo mata del susto y con el arma que le colocó en el pecho, mientras le esculcaba los bolsillos, llevándose el monedero con el dinero.    
                                
                                                             Amigos 

––Estoy enojado con mi mujer. 
–– ¿Por qué?
––Me envió un mensaje. Dizque necesita amor y  comprensión y que se lo demuestre.
––Creo que es justo.
––Justo es que ella también se asolee mientras veo la telenovela o me encierro en el aire de primavera del cuarto a desear que otros me quieran.
 ––Dile que tú también necesitas amor, comprensión, y que te lo demuestre.
––El perro.
––Cuál perro.
––El perro recibe más de eso y no trabaja ni se asolea como yo.
––Todo eso debe ser tu culpa.
––Creo que sí. No debí creerle al cura cuando habló de fidelidad y de penas en las duras y las maduras.
––El cura no dice esas vainas.
––Entonces escuché mal.
––Seguramente.
––Y lo peor…
–– ¿Hay algo peor?
––Sí, le ha inculcado a los hijos que soy el del problema. Ahora se comportan como si les debiese dinero y me negase cancelarles.
––Tienes dos opciones.
––Dímelas, es posible que veas cosas que yo no.
 ––Bueno, una me la reservo para mí, para evitar un lío mayor, sólo te diré una.
–– ¿Cuál?
––Que te volverás loco esperando cosas de los demás.    

                                 
                             
                                                           Paz de Hogar

–– ¿Cómo amaneciste? ––pregunta la mujer al esposo, un tanto arrepentida de la forma descortés  como lo ha tratado en los últimos días. Posiblemente desde hace tantos días que ya no recuerda. Él estuvo a punto de confesarle que el masaje a base de jugo de limón, las fricciones con hielo seco y las cataplasmas calientes que le colocó una amiga el día anterior le habían mejorado mucho el dolor en el  hombro. 
––Bien. ––Respondió el esposo.
La mujer se tranquilizó, su matrimonio estaba en perfectas condiciones.

                                 
                                                              DéJà Vu
   
Hace días escuché la noticia: una niña con problemas mentales había sido drogada y violada  cuando su madre, al filo de la media noche, la dejó al cuidado de dos conocidos mientras asistía puntual a una fiesta de amigos. El denunciante, un vecino de la mujer, decía en la entrevista que haría la respectiva denuncia en la Fiscalía.
Las razones para hacerle seguimiento a la noticia es que hace sólo dos años, más o menos, a la misma hora, del mismo mes, después de las festividades de la Virgen, fuimos sorprendidos al amanecer con una noticia impactante: una madre dejó a su niña con retraso mental al cuidado de dos conocidos. Encontraron a la niña drogada y violada e, igualmente, un vecino denunciaba el hecho.  
                         
                                                             Equivocación 

Un medio día cualquiera de un mes que no nos acordamos, la mujer fue asaltada en la vía por dos hombres motorizados que casi la matan del susto por lo imprevisto e imprevisible del acontecimiento. En menos de lo imaginable, le fue arrebatado el bolso con todas sus pertenencias sin darle chance a una súplica, un grito de espanto siquiera, que es el recurso a la mano de una mujer cuando de sorpresas se trata. Los hombres se perdieron a lo largo de la calle. Aturdida, rodeada de curiosos solidarios que comentaban el incidente como quien pormenoriza los apartes de una buena película, tomó de la bolsita con agua que le ofrecieron para calmar el temblor incontrolable de su cuerpo. Entonces tuvo lucidez para llamar a casa, informar del percance a los hijos y que, si fuera posible, vengan a recogerla. Marcó desde una oficina ambulante de llamadas públicas, todavía sin poder controlar del todo el baile de las manos, como si dentro de su cuerpo un taladro silencioso remeciera su corazón. Escuchó, asombrada, la voz que se le adelantó al otro lado de la línea: Mami, aquí estuvieron el cara de Queso y el Yaqui, te dejaron el bolso, dijeron que los disculparas. No sabían que eras tú.

                                                              Infidelidad 

De un día a otro, la mujer tuvo un cambio radical en su comportamiento respecto al esposo. De sonrisas y pasiones inesperadas, hizo la transición a la inversa, reclamos, dudas, rabias, resquemores, hasta el punto que el esposo llegó a sospechar que alguien más se le había metido al corral, otro gallo furtivo cuidaba los huevos de su nidal. No era para menos. Cosas nuevas, imperceptibles, habían florecido en los sentimientos de ella. Ya no era consecuente y toda su actitud derivaba en violencia y airados reclamos, signo puntual para determinar terceras intromisiones. Decía que odiaba sus perfumes y su risa, enfatizaba vehemente una segunda mujer entre los dos. Basada en esta presunción declarada definitiva, descargó sobre él un ataque despiadado. Él estaba confundido al principio. Después respondió con los mismos elementos, convencido que todo se centraba en otro hombre entre ellos. Las rabietas y reclamos de su mujer eran estrategias militares serenamente meditadas para conseguir objetivos finales: ruptura total sin inculpaciones. Así que las cosas no iban a mejorar. Se rompió toda la armonía. Sospechas y malas intenciones era todo el amor que podía unirlos entonces. La marea involucró a los hijos como las olas al mojar los pies. Ellos deberían escoger a uno de los dos, y la fortuna estuvo del lado de la mamá. Desesperado, el hombre recaló todo su pesar en una amiga que le abrió su corazón, como lo hace toda mujer ante la fragilidad de un hombre. No se supo en qué momento el hombre prefirió la tranquilidad de la amiga que las batallas de su esposa, al fin ella era feliz con su amante. La amiga procuró que el gusto fuese recíproco. Cuando la  esposa se enteró, elevó un grito de victoria, Yo tenía razón, dijo, El comportamiento de él no dejaba dudas. Siempre sospeché que había otra. 

                                                           Desunidos por la fealdad

Uno se llamaba Ángel David y el otro Gerundio Alberto y nada tenían en común, empezando porque uno era horriblemente feo pasando a horripilante  con facilidad. La repugnancia en persona. El otro, en cambio, era tolerable y algunas veces hasta simpático. En alguna parte tendría a más de uno que le gustaría estar cerca de él y, tal vez, más de una mujer lo amaría sin restricciones. Hasta los nombres eran dicientes. Uno era espléndido y sonoro a los oídos. El otro dejaba una sensación de carraspera. No era agradable, sin dudas. El médico, fiel al sistema de sólo facilitar las cosas necesarias a personas que verdaderamente merezcan vivir, atinó a pensar que no haría nada por sanar tanto espanto junto. Es más, hasta dedujo una sutil decisión de una inyección clandestina y solucionaba el mal gusto en una sociedad que odia la fealdad con toda sinceridad. Y es posible que el máximo representante del término también. Un tipo así debería llevar un infierno de rencores encendido en su pecho. Sencillamente haría lo sensato. Salvar vidas era su  norma, y se inclinaría por la que mejor merecía estar viva. Gerundio Alberto podría considerarse afortunado.
       
                    
                                                          Control de natalidad 

No es aquel perro desvalido ni el gato callejero el que necesita control de natalidad, como por lo regular nos ofrecen los servicios sociales de salud pública. Estos, por lo menos, se sabe dónde están y a qué estrato pertenecen. Diríase que es fácil llegarles si el propósito es ese.
El control de natalidad obligatorio se debe aplicar a los vehículos, verdadero problema de salud pública. Hay que caparlos, esterilizarlos, evitar sigan ese proceso de reproducción incontrolable de ratas en alcantarilla. Han inundado las calles, acabado con la tranquilidad de las ciudades, embisten desprevenidos transeúntes. Son feos, gordos, largos, anchos, robustos, roncos, chiquitos, caquécticos, fuman incansables, son del color del cardumen en arrecife, con la diferencia que los peces se comen, los vehículos matan y se matan, y no es para alimentarse. Pasan y pasan, interminables, se  mueren formando un remolino en las vías de agua seca que encuentra el obstáculo de un trancón. Tienen las patas negras como dicen es el color de la muerte, lanzan alaridos, gritan, ensordecen, son una plaga que se apoderó de la voluntad del ciudadano.


                                                          Noticia de última hora 

Hoy amaneció el país de júbilo. En la noche nuestras fuerzas armadas dieron buena cuenta de dos docenas de guerrilleros en una muestra denodada de sapiencia y buenas artes en cazar conejos. Dos docenas menos de esos desconsiderados que tenían a nuestros funcionarios sudando a mares, casi sin poder dormir por cuidar de nuestros intereses públicos y privados para que no fuesen a caer en manos de esos inescrupulosos. Ellos, los bandoleros, y nada más que ellos, eran responsables de todos los males que vivimos, son culpables de que nuestro gobierno ande mal y no logre hacer las cosas bien. Los noticieros daban la noticia casi con contagiosa alegría. El Ministro de la Defensa se  mandó soberano discurso. Creo que el presidente tenía un ligero rictus plácido en su rostro, que no era risa franca y despiadada porque un presidente no comete esas ligerezas, en su alocución nocturna. Y si a ellos les parecía grato no veo por qué Juan Pueblo no debería ser recíproco, al fin y al cabo esas dos docenas de sinvergüenzas no eran hijos de nadie, no eran hermanos de nadie, no eran vecinos de nadie, no eran esposos de nadie; eran de un país desconocido, casi inexistente, que tomaron ese rumbo torcido porque les dio la gana, así no más, la pura y regalada gana para no dejar robar, digo, gobernar en paz de Dios.

                     
                                                  Entre marido y mujer

El escándalo tenía más de dos horas. Los vecinos se habían dado gusto con el espectáculo, que le dio un tono festivo a la noche serena. Los gritos de la mujer, la rabia del esposo. Los golpes de este, los aullidos de ella. La arrastró por los cabellos en la sala de la casa como un trapeador ante el espanto de  los hijos. Sólo hasta que los vecinos vieron que la mujer, en vez de gritos, llantos y lamentos, escupía un estertor de alguien que se está ahogando, sólo entonces llamaron a la policía. Llegó oportuna y salvadora, ni más faltaba, para evitar una tragedia mayor. El esposo, energúmeno, estaba incontrolable. Tenía esa mirada sádica del desquiciado y el rigor de su cuerpo denotaba que mataría sin escrúpulos, sin remordimientos, hasta que un policía apaciguó de un soberbio, contundente y definitivo puñetazo. Un momento después los policías combatían a muerte contra las uñas y taconazos de la mujer. Había revivido y estaba furibunda.
El comisario estaba seriamente molesto. La mujer tenía aspecto de haber sido arrollada por un camión. El esposo la perplejidad de conducirlo. A su favor la mujer adujo que lo hizo en defensa del marido, el policía no debió darle ese puñete. En cuanto a ella, que ojalá convenzan al esposo de que, por lo menos, no le pegue más…O lo haga un poco más despacio, suave, que eso a ella le duele.

viernes, 14 de octubre de 2016

Luis Miguel Ariza C, nacido en el corregimiento de Leña, en el departamento del Atlántico, Colombia. Casado con Rosmery Balza Dederlee. 
Dedicado al oficio de la escritura desde muy joven gracias a los oficios de un amigo fallecido, quien le prestaba libros para leer en tiempos donde no existía las redes sociales y había que inventar algo para evitar el fastidio de estar vivo. De su cosecha como autor, se desprende una serie de cuentos, poemas, tres novelas totalmente corregidas para edición.