miércoles, 4 de mayo de 2022

 

                                    LA OTRA VERDAD SOBRE LA GUERRA




Por: Luis Miguel Ariza

Hace algunos días el Senado de EE.UU aprobó casi unánime la nada despreciable cifra de 30 mil millones de dólares para financiar la guerra que creó la sociedad anónima de capital privado liderada por el presidente Biden contra Rusia utilizando el escudo de Ucrania. O en otras palabras, Ucrania es la excusa de una guerra largamente presupuestada contra Rusia para cuando tengan que reescribir la historia decir que la guerra se originó para defender a un pobre país atacado sin misericordia por un dictador que pretendía apoderarse del mundo, justamente por el país que lidera este tipo de acciones en el mundo.

Para entender el asunto, Ucrania es uno de los países más pobres de Europa, pero tenía un arsenal bélico mayor que casi todos los países de Europa. Recibía material de guerra como quien se está trasteando, y hasta se ocultó la noticia de laboratorios de armas biológicas que parece implican al hijo del presidente de los EE.UU. La razón era Rusia de una u otra forma. La decisión de Putin de atacar Ucrania fue acertada y desacertada a la vez, teniendo en cuenta que si lo hacía días después, cuando se formalizara su ingreso a la sociedad privada llamada OTAN, entonces la justificación largamente buscada para atacarles de frente no tendría que ser evasiva como ahora. Y es desacertada porque ahora Rusia está sometida a un desgaste que posiblemente mañana más tarde, cuando decidan que es hora de finalizar con el plan, ya no tenga con qué soportar la presión y caiga como ha sucedido con otros países, Irak, por ejemplo.

Siempre han divulgado por todos los medios que Rusia es el enemigo creado con el propósito para soslayar la vaina del verdadero enemigo en el mundo que tiene países completos secuestrados y es el mayor repartidor de bases militares en todo el planeta. Venden armas como quien vende caramelos en la tienda. Pegar y luego despotricar por la respuesta es una estrategia que han aplicado de todas las formas posibles. Y en la actualidad no es la excepción. Todos los noticieros de occidente proclaman casi con rabia las artimañas que utiliza Rusia para evadir el cerco, y justifican las que se utilizan para cercarlos.

A la población le venden el fantasma terrorífico de la inflación y la recesión y se le prepara mentalmente para que asuma esos costos. Si en verdad recesión e inflación afectara a los grandes empresarios dueños de más de medio mundo, ya habrían parado el asunto en seco, a diferencia de ahora, que parecen estimularlo. Sólo quedarán rezagados pequeños negocios y pequeños empresarios, los que no tienen voz ni voto, sino que sostienen a sus familias mediante esa fuente.

La historia no ha variado. Europa evade los genocidios cometidos en otros continentes con la excusa de que fueron a liberar pueblos sometidos por sus jefes sanguinarios, como le venden a su población cuando les tienen que hablar de lo acontecido en América a partir de la llegada de Colón. Irak y Libia para EE.UU es la liberación de pueblos sometidos por tiranos, listo, no hay por qué inventar más, y si alguien dice que ahora esos pueblos están peores que antes de que los liberaran, seguro es un anarquista, un enemigo de la democracia.

Quizás pocos entenderán las razones de Europa de apegarse a las decisiones de EE.UU siendo que Rusia no los tiene como aquellos a Latinoamérica. Ya entenderemos, incluso, las razones de no querer, supuestamente, comprar insumos a Rusia con menor precio, para adquirirlos a EE.UU con mayor precio. Una de las explicaciones es que este país se formó con base a las invasiones europeas, por tanto se sienten más allegados a América que a Rusia y su inolvidable cuento del comunismo que tanto susto ha metido por el mundo. Pero la realidad es otra y ya la veremos.

No es curiosa la rapidez como el Senado de ese país aprobó tanto dinero para que no se acabe una guerra, aunque llevan años sin solucionar la vaina de los emigrantes, según palabras del presidente mexicano. Y yo agrego las millones de personas que viven en la miseria y la pobreza absoluta en el mismo EE.UU, cosa que poco mencionan los noticieros aliados al sistema por aquello de anarquista y enemigos de la democracia. Tienen entre manos la venta masiva de armas, gas y petróleo a precios nunca antes vistos.

Seamos serios y sinceros desde el principio. Actualmente estamos viviendo lo que dije hace dos años, cuando nos sometieron con el cuento del virus, que después vendrían los fuegos pirotécnicos en alusión a los bombazos de la guerra. Realmente la apuesta son las enormes riquezas rusas que no tiene ningún otro país, y que no están controladas por la sociedad anónima de capital privado que controla el mundo. Esto lo resume todo. Los veinte mil bombardeos e invasiones de EE.UU en los últimos 30 años en diferentes países, y que hoy no mencionan para nada y además evitan que se los recuerden, fue para controlar y/o robar en términos planos, las riquezas que necesitan para seguir pregonando una democracia y libertad que no existe ni en el mismo EE.UU.

Esta vez han desplegado todo una dinámica de relaciones exteriores hasta con países que no sólo no pueden aportar un carajo, como el nuestro, sino que tampoco recibirán ni mierda de los beneficios si logran el propósito final, que es controlar el poder político y económico de Rusia.

Pero le achacamos a Biden todas las responsabilidades sin que tenga mayor responsabilidad que ejecutar un plan largamente planificado por esa sociedad privada detrás de la guerra. Una de las razones por las que evaden casi intencionalmente que el tipo muestra síntomas inequívocos de locura senil es porque al final llevará encima el agua sucia, sea que logre el propósito en su intento contra Rusia o tengan que postergarlo. Ningún presidente es dueño de todo el poder que le achacamos, esta frase que traigo de mi libro "La culpa", se aplica, incluso, al presidente de EE.UU, el país publicitado como el ideal, lo que no significa que lo sea.

Quienes verdaderamente están detrás del propósito contra Rusia es una organización mundial de inescrupulosos y poderosos empresarios, invisibles a simple vista, capaces de cambiar el modo de pensar del mundo, torcer las horas del reloj, cambiar gobiernos, determinar cuánto debe vivir el ser humano, qué noticias pueden transmitir sus noticieros, quienes aportan como en una sociedad privada para incremento de su poder y riquezas en nuevos negocios a corto, mediano y largo plazo.

El presidente de EE.UU, y de cualquier otro país, tiene autonomía hasta cierto límite, como el gerente que debe ser productivo o es relevado. ¿Alguien sabe quiénes explotan las riquezas que hoy saquean de Irak o Libia?, para mencionar dos casos relevantes, porque hay otros países que no necesitaron ser invadidos mediante guerras o bombardeos, sino que allí tienen un sistema ejecutivo servil que direcciona con base a dichos empresarios invisibles, mientras sus pueblos, estupefactos, creen elegir una y otra vez jefes ideales para suplir sus necesidades sociales o básicas, como sucede con los países que conforman el bloque contra Rusia en Europa, y que no les importa cuánto sufra la población, el objetivo es otro y está por encima de personales intereses.

Los miles de millones de dólares que van para la guerra contra Rusia no son gratis. Esa cuenta se anota como parte de la inversión y finalmente, si logran el cometido, pasan la cuenta al país que se prestó como escudo para el evento, en este caso Ucrania, sea que se logre torcer el mando de Rusia y colocar allí a un ejecutivo que garantice los intereses de esos empresarios o se tenga que suspender para otro momento, aunque la verdad, como están las cosas, ya los dueños de la guerra se la jugaron el todo por el todo y no pararán así de fácil. Esta es la razón por la que OTAN, así se llama la empresa, no está interesada en que Rusia deje de tirar sus cohetes ni sus bombardeos, pues, esto debilitará finalmente a este país según la propuesta, combinado con la cantidad de tretas utilizadas para maniatarlos y que ellos llaman sanciones, la parte desacertada de la decisión de Putin.

Con esto debemos comprender, finalmente, lo que sucede en Colombia. Los ejecutivos puestos acá son serviles a los empresarios dueños del inmenso poder en el mundo de que hablamos, y se deben a ellos, a pesar que ellos mismos nos hacer creer en cuentos de democracias y libertades.

Es posible que la pregunta sobre Irak y Libia la respondan con nombres de empresas autorizadas y legalmente constituidas, pero nombre de socios, de los verdaderos dueños, jamás. Eso debe permanecer invisible para no molestarlos en caso que se les vea por ahí, disfrutando de su cuantioso poder, rodeados de serviles que no saben que lo son, como cuando Bill Gates, Jeff Bezos, Elon Musk, Mark Zuckerberg, entre otros, se le da por inspeccionar una de sus fincas en cualquier país de los cinco continentes.

Gente de todas las latitudes pregonan evitar sobre una tercera guerra mundial, cosa que ya está declarada aunque no formalizada. Los noticieros, dependiendo a qué empresa o dueño o socio de la empresa pertenezcan, sesgan de acuerdo a la necesidad o el interés. 30 países socios de la empresa OTAN enviando armas a Ucrania y bloqueando a Rusia es una guerra mundial. Esos empresarios van por su nueva empresa y no cejarán hasta lograrlo o morir en el intento. Digo morir porque en el desorden o el desespero, pueda que dejen de bombardear soldados y apunten a la población civil, la que vive holgada y direcciona los asuntos del mundo, entonces el caos sobre los DD.HH.

La razón por la que no tienen la misma indignación, por ejemplo, con Yemen, es porque aquella guerra ya tiene propietario, las emigraciones sólo son consecuencias necesarias que no implica ni a los socios ni a la población que se siente por encima de esta consecuencia, es asunto de los gobiernos puestos por los poderosos empresarios.

Pero vamos al otro lado, el que hoy ataca a Ucrania. Allá la vaina es igual a lo que sucede con OTAN: el dinero y el control del poder. Esas son, en términos sencillos, las razones de todas las guerras. Aquellos tienen su empresa y también pretenden controlar el dinero que circula por el mundo mediante el poderío energético del gas y el petróleo, y más atrás las toneladas de oro. Por el dinero el carterista asesina al transeúnte, por el dinero los ladrones ingresan a los bancos, por el dinero salimos todos día a día a nuestras labores. Aquella guerra grande se debate entre bandidos por el dinero. Será una batalla con un rigor mayor porque está en juego la altivez y prepotencia que venden los norteamericanos en sus películas, donde aparentemente son seres superiores que deciden la dirección del mundo, sólo deben destruir dos escollos: Rusia y China.


Imagen de: https://www.eluniversal.com.mx/

 


lunes, 20 de diciembre de 2021

 


                                         La Creación


     Y Dios había casi consumado la Creación y vio que todo era bueno. Hagamos al hombre, dijo, Lo haremos a nuestra Imagen y Semejanza. El plural indica que había otros seres Celestiales con Él. Algunas religiones dicen que eran sus hijos, Jesús y Sata, el ángel de luz, otros que las tres Divinas Personas, los más prácticos que la dualidad de todo lo que existe en el Universo, los máximos representantes del bien y el mal, lo que deja la duda de si serían los mismos con diferentes designaciones.

      ¿Qué fue eso que le pusiste allí?, preguntó el esbelto Ángel, que a todas luces se sabe es el más intrépido y atrevido del reino Celestial, Me sobraba un poco de arcilla, contestó Dios, No era conveniente dejarla por ahí, no sea que caiga en manos necias y hagan cosas que no están dentro del orden. Sata no se dio por aludido, aunque sabía que era con él, Ya no es a nuestra Imagen y Semejanza, refutó. Es la perfección, dijo Dios, eludiendo la impertinente encerrona, Les daré una oportunidad de agregarle algo más y de ejercer control sobre el mismo, como he hecho con toda la Creación, pero después ya no se le podrá quitar ni agregar nada. Vivirán y morirán así. Sólo tengan en cuenta que lo que pidan, lo mismo tendrán todas las especies vivas en este mundo. Es feo, insistió Sata, Tiene cosas demás y es débil. No se le puede llamar hechos a Imagen y Semejanza porque si dejan crecer sus uñas, el cabello y nunca se lavan los dientes sí que parecerán verdaderos demonios, digo, monstruos. Se pasarán la vida peleando contra esto para aceptarse. ¿Y si le quitas cosas?, Tal vez un brazo, un ojo o una pierna, es posible que así apruebe tu invento.

     Dios, que todavía guardaba esperanzas en que el hijo descarriado alguna vez reivindique el camino, dijo, Así se quedará. Feos quedaron tus moldes de otros seres y aun así les di vida. Lo que me costó concentrarme para dar vida a todas las especies abisales y algunas terrestres. Dizque arañas y serpientes. Dios no estaba enojado porque Él no se enoja fácilmente, pero sí fastidiado por las travesuras casi infantiles de su hijo Sata. Por eso prefería a Jesús, que era bien mandado y nunca replicaba. Es diferente, contestó el hijo desobediente, que bien respondón sí era, El barro me da náuseas y Tú dijiste que jugara a hacer figuritas, No es gracioso un venado con el fósil calcáreo de un árbol en la cabeza, contestó Dios, Ni la mata de yuca andante que llamas pulpo. Hay mucha vida en cosas inverosímiles. Después arreglamos eso con evolución, ahora vamos a lo que nos concierne. Díganme lo que desean agregar, empieza tú, Jesús. Este miró con beneplácito la obra del Creador; dijo, Ponle bondad, ternura, amor, paz. ¡Párale! Dijeron una opción, atajó Sata, No se te puede pedir nada porque se te va la mano. A ver, qué le pondrías tú, dijo Jesús, algo molesto con el molesto hermano. Sata hizo un gesto de ceja levantada acompañada de una sonrisa infernal, ¿Si pido lo que deseo no se lo quitarás? Dios respondió, No he quitado lo que pidió Jesús, no he quitado lo que has hecho hasta ahora. ¿Alguna vez me he retractado de mi palabra? Bien, dijo Sata, Quiero que le pongas hormonas. La petición causó sorpresa entre Dios y Jesús. Les pareció ingenua y hasta estúpida, pero sospechosa. Siempre será una incógnita lo que esté fraguando el diablillo travieso. Sin embargo, Dios cumplió. Ya están las hormonas allí, y en todas las especies, ahora le daré vida. Hizo un gesto con los labios de quien sacude polvo y el hombre se levantó, miró con el azoramiento del que sale de un desmayo. Dios y Jesús estaban complacidos; el rictus desdeñoso de Sata se confundía con la impactante expresión de su rostro. No se sabía si lo hacía por burla o porque él era así. Era hermoso de cabo a rabo y todos sabemos que la hermosura tiende a pasar por alto ciertas reacciones, y más algunos comportamientos.

     ¿Por qué estoy solo?, fue lo primero que expresó el hombre. ¿Solo? Estamos nosotros y todos los animales de la Creación, no estás solo. Todos tienen una compañera, ustedes se irán luego, lo veo en sus caras, yo estaré solo. Dios y Jesús se dieron cuenta del dilema. Y tuvieron una visión clara de lo que acontecería. Sata no daba puntada sin dedal. Ahora estaban seguros que era maligna sonrisa lo que desdibujaba su rostro angelical. Las hormonas desquiciarían a todos, pero más al hombre por recibir la potestad sobre todo lo que había en el Planeta. Sin embargo, no era ese el problema. El barro se había acabado. Amasar nueva pasta implicaba nuevos seres, nuevos órganos, no concordaría nunca. Te haré una compañera de tu costilla, fue la solución más a la mano que encontró Dios, Duerme un poco. Jesús intervino, Acuérdate que saldrá con hormonas. No pararán hasta que acaben con la Creación. No hay de otra, dijo Dios, Mi palabra no puede ser desvirtuada. Comerán del árbol del conocimiento y no sabrán cómo utilizarlo, pensarán que lo bueno es malo y lo malo es bueno y estarán perdidos con enseñanzas filosóficas mezcladas con las Escrituras y vivirán convencidos que nacieron para el placer, Habrá, entonces, que crearles un plan de salvación, respondió Dios, solucionando la cosa de una vez, Pero eso será otro día, estoy cansado. Terminemos esto y luego que repose miramos cómo va la cosa.

     Y La mujer despertó con el mal humor de quien se levanta antes de hora, vio al hombre dormido a su lado y, con toques sutiles, pero decididos, dijo, Mi amor, levántate, tienes mucho trabajo que hacer. Dicen las Escrituras que Dios acordó un plan con Jesús al ver el descontrol por el que se encaminaba su Imagen y Semejanza, Irás a la tierra y dejarás un mensaje, Si siguen en esas me veré obligado a quitarles las hormonas y de una vez, y para siempre, romperé mi promesa. Pero Jesús no fue tan severo. El mensaje que dejó fue de amor, paz, bondad y vida eterna si le paraban al asunto. Sata hizo un gesto, Ya estamos en la misma, haciendo planes sin tener en cuenta a los demás. Nada de eso se les puede quitar. Envejecerán y morirán con ellas. Si me envías a la Tierra, yo arreglaré la vaina porque así como van serán peores que yo, dijo Sata, aterrándose estremecido y con los pelos de punta por su premonición. Dios, pensando que Sata, por fin se encarrilaba, dejó que tomase cartas en el asunto y se fue a descansar, confiado, porque Dios siempre confió en todos los seres.

      El plan de Sata fue sencillo: tomó las hormonas y las revolvió. Cuando Dios despierte de su siesta no podrá creer lo que encontrará.  

 Tomado del libro: Un cuento de tres, Luis M. Ariza C. 

Iamgen de: https://formacionpastoralparalaicos.blogspot.com.

 

  

 

 

 


domingo, 24 de octubre de 2021

 

          


                                         La puta de la 33

La primera vez que la vi fue por el callejón de la calle 33, o calle de las putas que Gabo dignificó en las memorias de sus putas tristes, donde entonces pasaba el transporte.

Tendría yo dieciséis años y quedé impactado ante aquella negraza de ensueño que pasó por la acera. Era un hermoso ejemplar, altiva, de mirada rasgada y fiera, con uno de esos cuerpos majestuosos hechos sólo para determinados tipos de hombres, pero que por su condición de sobreviviente, tendría que entregarse, incluso, hasta a los currutacos sin gracia que debieron darle lástima en vez de buenos recuerdos.

Entonces yo despertaba lentamente a muchas sensaciones, pero la presencia de aquella mujer abrió mis emociones con la brusquedad salvaje de quien desholleja una culebra. Me dolió por mucho tiempo su presencia inverosímil. Era una mujer para matarse por ella, indudablemente. Y yo le tenía miedo. Nunca antes estuvimos cerca el uno del otro, sólo distancias relativas de cuerpos celestes diagramados para viajar en órbitas distintas.

Desde el transporte veía aquél destello sideral de cometa errabundo que me puso a soñar por mucho tiempo, a imaginar su olor de bestia salvaje, de mula cerrera. A diosa como debe oler el amor en sus inicios.

Con los años volví a verla en diferentes momentos, siempre por el mismo sitio de la calle de las putas de Gabo, y cada vez confirmaba mi impresión inicial: Era una reina de ébano atrapada en el muladar de la ignominia. Años después volví a saber de ella, cuando escribía La culpa. Me di cuenta que se parecía a Danil Lopera. Era la Danil Lopera de mi historia como un percherón de carruaje de reina medieval, y me extasié dignificándola, pero a la vez escarneciéndola, vejándola como un ser despreciable al que no se le tenía consideración por meterse con mi tranquilidad casi infante.

Cuando ya estaba casi olvidada, la volví a ver. Fue ayer. Parecía un saco al que le han acomodado toda clase de artefactos originando esa sensación gorda de que en cualquier momento se puede romper. Estaba vieja y vencida, apelotonada junto a otras mujeres en las mismas bajo la fronda de los almendros en las afueras de la Biblioteca Departamental, a donde fueron a parar las totémicas prehistóricas descendientes de las putas de Gabo.

Fue la única vez en mi vida que la tuve tan cerca y es posible que la única vez en que nuestras miradas se encontraron como el cuerpo celeste que se aproxima por última vez a su antagónico para luego perderse en la negra inmensidad del Universo. Tenía la misma mirada felina de gato salvaje, sólo que sin esperanzas. Su piel negra seguía siendo hermosa, pero todo su aspecto era el de bisabuela con una historia triste para recordar. Confirmó mi deducción de cuando la vi por primera vez, hace casi cuatro décadas, era un cometa atrapado en la órbita sideral de su destino, sólo que ahora se notaba que estaba cerca, muy cerca, del momento culminante en que se rompe la armonía y se efectúa la implosión y de ella quedaría sólo el fugaz celaje del relámpago que se rompe en la lejanía dejando oscuridad.

Este cuento pertenece al libro: “Esta noche hablaré de amor”, de mi autoría

Imagen de: https://twitter.com/lanegratomasa37

jueves, 6 de mayo de 2021

 

              

                     

                       80 horas de silencio

 

                                                            

 


 

 

    El asunto empezó a descontrolarse en la tarde del domingo. Desde la mañana Abimael vio que despuntaba un día brillante que entraba por la ventana a través de las ramas del mango del frente, que se remecían pausadas, como bailando. Va a llover, pensó.

    Sin embargo, el día transcurría como transcurren los domingos: calurosos, bullangueros, fastidiosos. Uno no debe bañarse los domingos, sonrió mientras se reacomodaba a la rutina de un día igual a todos los domingos de su vida.

    Fue al supermercado. En una canastilla recogió dos bolsas con panes, un frasco de mermelada, un sobre con tres cuchillas de afeitar y tres pendejadas más. Luego fue a la farmacia y tomó el periódico. Lo ojeó mientras se dirigía al cajero del restaurante porque atienden con mayor prontitud, aunque sólo estaban activos alimentos y cosas pequeñas como las que acababa de meter en la canastilla. Los cajeros de adelante estaban llenos, eran demorados y, como caso recurrente de su sospechosa mala suerte, al llegar la niña de la caja prende la luz que indica que suspende el servicio porque tiene una anormalidad. La espera para pagar arroja fastidio y se sale con una sensación de frustración que tarda en desaparecer.

     Abimael no supo que el periódico le salía regalado no porque el dueño del supermercado tuviera signos puntuales de filantropía por alguien que compra panes y maricadas que puede comprar en la tienda de la esquina, sino porque en el área de restaurante y comida no tenían codificado prensa ni revistas como artículos de primera necesidad. Obviamente, la cajera estaba convencida que Abimael había pagado el diario en farmacia y por esa razón no lo facturaba. Él lo ponía en la mesa junto a los demás artículos por simple protocolo, esperando que fuese facturado. Abimael no lo supo porque al igual que otras personas, no tenía la precaución de revisar la tirilla de la facturación, daba por descontado que todo estaba correcto. La entregaba al vigilante a la salida, este colocaba el correspondiente chulito de revisado y al caneco de la basura. Si algún día fuese descubierto, sin duda estaría en aprietos por robo, aunque a su favor tenía la inocencia de no conocer las distribuciones internas del supermercado. Ellos son los que deben taponar todos los agujeros por donde puede escaparse el dinero del dueño.

    En la tarde nadie soportaba el calor, que era como una lona húmeda, pesada, encima de los hombros de todos. Un aire tan denso que la gente parecía estar inmersa en una burbuja de gelatina, ahogaba al respirarlo. Abimael recordó su vaticinio de la lluvia cuando el brillo del día fue desplazado por una cortina gris que llenó de un hálito fresco toda el área. No eran las mismas nubes gordas y sucias de otras tardes, que traían temerosas tempestades, sino unas lisas y sin forma que se apoderaron de todo dejando el ambiente triste. Entonces se desmigajó el primer aguacero del año. Fue un sereno apacible, uniforme, que alborotaba los oídos con ese sonido disparejo de miles de patitas de patitos en bailoteo sobre calamina. Luego se detuvo así como empezó, dejando todo lavado, más verde el verde polvoriento de las hojas de los árboles, los techos mojosos quedaron con un aroma a limpio y el aire más nítido, aunque el calor hizo estragos. Se fue la luz.

    Momentos después escuchó a su mujer que despotricaba por teléfono como lo hacía siempre que se marchaba el servicio eléctrico,  Cada vez que llamo a estos hijos de puta para informarles de un apagón, me hacen un cuestionario como si me fuesen a dar empleo, dijo, alterada.

    Para Abimael aquello no era nuevo. Ella agarraba unas rabietas de espanto, se cagaba sobre cien para terminar vencida, reportando la suspensión del servicio de la manera como solicitaba la empresa. Y la respuesta protocolaria y piadosa de siempre de parte de una voz experta en excusas al otro lado de la línea: Una falla no determinada. El servicio será restablecido de una a tres horas. Cosa que pocas veces sucedía.

    En la noche conversó por teléfono con un amigo de infancia de su lejano pueblo, con quien seguía manteniendo contacto. Por boca de Tino supo que Rafita estaba hospitalizado por culpa de uno de  esos retortijones sorpresivos que le atacaban desde niño, que lo dejaban seco, como si le absorbieran todo el aire de un tirón, Esa va a ser la muerte de Rafa, dijo, No, no hay luz, se fue desde esta mañana, Sí, siempre es lo mismo, en algún momento deberá regresar y todos seremos felices de nuevo.

    Pero amaneció el lunes y el servicio no fue restablecido. Su mujer iba de mal en peor. Pasé mala noche, dijo, No me dejaron dormir los mosquitos, el calor, la bulla. Abimael cayó en cuenta que la bulla a que ella se refería no era más que el vacío en los tímpanos que dejaba la ausencia del servicio eléctrico. Que los oídos, acostumbrados al bullicio cotidiano, se resentían al no encontrar algo que oír, por eso rescataban cualquier ruido, un ratón en la cocina, chancletas caminando sobre el pavimento en la calle, una moto a lo lejos, un vehículo esporádico, voces en la oscuridad, para llenar el espacio debido a la falta de ruido eléctrico.

    Los desmanes empezaron en la tarde del martes. Un día sin luz eléctrica es insoportable para vivir dentro de la dinámica establecida por Dios en las ciudades, pone los nervios al alcance de las angustias, dos días son la exageración. Y eso fue lo que sucedió.

    Empezaron a llegar noticias de que los moradores del lado de la Circunvalar habían cerrado la vía y encendido llantas, quemaban petardos y protestaban airados, que ahora se le sumaron los del lado de la calle Murillo, por el sector del barrio las Moras; que el asunto empeoraba porque por los lados de la autopista al aeropuerto no sólo habían bloqueado la vía, sino que la emprendían contra todo lo que se moviera porque tenían cinco días sin luz, virgen santa, que habían suspendido el servicio de transporte público masivo para empeorar las cosas, algo que se entendería como si se solidarizaran con la revuelta, pero sólo era para proteger la inversión intocable de los inversionistas intocables de la ciudad.

    Era una revuelta masiva, desordenada, motivada por la excusa de la falta de fluido eléctrico, aunque podría tener raíces en eventos más profundos que nada tenían que ver con el apagón. La opresión tiene la particularidad de parecer olla a presión a fuego lento, llega un momento en que no se puede hacer nada por evitar que explote. La falta de electricidad era una excusa para darle gusto al desorden.

     Los rumores vagaban sueltos de madrina, que esta vez no era como aquella revuelta de risa que armaron los moradores de un callejón sin salida por donde nunca pasaba ningún vehículo, quienes al ver que su iniciativa sólo sirvió para quedar en ridículo y para que se armaran trifulcas entre los vecinos, decidieron apalear hasta la muerte al joven que se encargaba de tomar los apuntes del consumo de los contadores eléctricos, tal vez convencidos que así se desquitaban de lo que consideraban un atropello. Que la ciudad estaba sitiada, que ya iban no sé cuántos muertos y heridos, que el mundo se estaba acabando. Las especulaciones iban, venían, dejando la sensación de que el mundo realmente empezó acabarse.

      Abimael tuvo que corregir a su mujer cuando afirmaba, envalentonada, que esos sí eran revoltosos de verdad, que someterían a la mierda de gobierno y que pondrían la luz a la brava. No son revoltosos, respondió él, Sino una recua de desordenados que no sirven para armar una revolución.

    Era impresionante la aptitud de las personas con la falta del servicio, como si su vida dependiese de ello; una lámpara alumbrando tenue en la calle, una luz blanca, artificial, en las casas, un radio encendido, un televisor, toda clase de cherembecos conectados al circuito. Ni más ni menos que la matriz que determina la vida.

     Aun así, con todo y revuelta, el bendito servicio eléctrico no regresó. Ni con todo el griterío y el desorden y los maullidos de las sirenas ni los espantos de los disparos en la oscuridad la noche del martes, no se sabe si de policías o bandoleros, o de ambos, ni las explosiones secas de bombas tiradas quién sabe por quién ni contra quién, lograron que las cosas volviesen a la normalidad con el retorno de la luz.

    Algún día cada casa, cada lugar, tendrá su propia fuente de energía sin que se tenga que recurrir a estos alambritos inestables, dijo Abimael. Sí, pero mientras tanto nos jodemos con el calor otra noche, ripostó su mujer, colérica, mandándolo casi a callar. Los hijos atizaban aquel ambiente enrarecido por esa vaina que no se ve, pero que había hecho de la vida su de-pendencia, porque sus aparatos electrónicos se habían descargado. Ahora sí que sentían que quedaron desamparados, en la  completa orfandad. Su hijo menor se había sorprendido porque el teléfono móvil de Abimael todavía tenía casi toda la carga. Sencillo, contestó, Sólo lo utilizo para llamar o recibir llamadas, nunca espero que se descargue por completo para re-cargarlo, lo mantengo en modo ahorro y no le doy dedo como sumadora de contador público. Esa es la ventaja de ser viejo.

    Tú estás loco, ripostó el hijo cuando Abimael se trenzó en una perorata científica de que los jóvenes no sobrevivirían si el mundo se apaga como en el principio de los tiempos, sin el ruido que se deriva del consumo de electricidad.

    En la noche la esposa soñó con una casa vacía en un campo lleno de flores negras. Despertó bañada en sudor, buscando significado a la premonición de las flores negras, sorprendida por el canto de un gallo en la lejanía que gritaba las cuatro de la mañana, a servir el tinto, mira, coge esa totuma que se derrama la leche, que todavía hay un gallo vivo en una ciudad donde sólo se sabe de pollos en el refrigerador. Entonces despertó pensando que soñaba que soñaba, maldiciendo en silencio a todo mundo por los pesares de los disparates que se le venían a la mente por falta de tranquilidad al no haber luz eléctrica.

     El miércoles fue igual. Calor, silencio, angustia, desazón. En la mañana aparecieron unos tipos en vehículos particulares ofreciendo bolsas con hielo en cubitos que vendían al triple de su valor en el centro comercial. Todos querían una o más bolsas en una  rebatiña de niños en piñata que duró pocos minutos. Se acabaron en un abrir y cerrar de ojos, como se dice cuando algo ocurre con más rapidez de la esperada, mientras que un extraño aire de alegría invadió la vecindad por el hielo que parecía recién inventado. Hasta la mujer de Abimael, quien sufría en carne viva el percance, sonreía complacida por las dos bolsas que su esposo traía por los cabellos como el cazador trae el resultado de la caza.

    Las especulaciones seguían en aumento. Algunos afirmaban la hora del día en que se restauraría el servicio, Dizque llega hoy, a las cuatro. Marcos Pérez, el del noticiero, dijo que no, que los técnicos dicen que posiblemente el jueves por uno daño en las torres de conducción originada por explosiones de grupos subversivos. El vecino dijo que llamó a la empresa y le confirmaron que llegaba con toda seguridad a las ocho de la noche de hoy. Otro atestiguó lo que dijo un amigo que trabaja esa empresa, en una subsede en Ayapel, que sólo hasta el viernes habría servicio por-que los equipos obsoletos de la compañía explotaron y los repuestos vienen de China. El que se creía más sabio aseguró que la empresa sólo tiene el mínimo de operarios contratistas en la calle para el mantenimiento externo en una ciudad que crece con la rapidez de verdolaga, por tanto no se dan abasto con el daño masivo que se presentó, que es como si un tren en marcha se hubiera desarmado por completo. Entonces otro confirmó lo del anterior, que el desplome ocurre porque los dueños de la empresa de energía decidieron no reparar los equipos hasta que el gobierno, asustado y presionado, les apruebe unos financiamientos económicos, que siempre es así. Es que los españoles se robaron los cables de cobre y estos de aluminio no soportan el clima de la ciudad, que oxida hasta los pensamientos, adujo el que se creía sabio y siempre sospechaba de acciones conspirativas por todos lados. Otra vecina se enteró que no, que el sábado sin falta se corregía el problema porque el re-puesto lo traían de Estados Unidos.

    Abimael, quien había tomado apacible aquella circunstancia, quizás motivado por lo que él mismo decía, La vejez que ya no da espacio para las sorpresas, o por su crianza en la provincia, donde la carencia de todo hace que el cuerpo se adapte a no esperar nada, afirmó que lo que tenía jodido a este país es que estaba hecho con base a rumores. La gente se tranquiliza cuando les prometen lo que se hará en unos días, meses o años. Quizás ya no recuerden qué se prometió y no se cumplió, pero es suficiente con que se haga la promesa para que las cosas queden en orden. Las especulaciones son responsables del diario devenir de las ciudades como esta, azarosa y dada a los aspavientos.

    Por la noche su mujer ya no tenía fuerzas para pelear más, aunque sus peleas sólo eran rabietas personales contra fantasmas que, posiblemente, no existían. Desde que se marchaba el servicio eléctrico, algunas veces únicamente por horas, entraba en trance, cambiaba de color como el camaleón, como pistón de caldera con aumento progresivo de presión hasta casi explotar. No explotaba, pero despotricaba sin parar y le hacía la vida de cuadritos a quienes estuviesen cerca.

      Ahora estaba como aletargada, tirada a la bartola en el piso de la terraza, vencida porque las noticias que escuchaba no eran alentadoras. De un momento a otro, la rutina cambió para todos, dormían en los sardineles o las terrazas de sus casas, comían a media calle, en las aceras o sentados bajo el palo de mangos, siempre comentando los acontecimientos de la revuelta, que únicamente fue un joven herido y otro asesinado, que la turbamulta había destrozado las estaciones del servicio de transporte urbano, dañaron el pavimento con llantas encendidas, que los asaltantes hicieron su agosto, que los desmanes seguirían si no regresaba esa bendita droga, que no soportarían los cinco días que dicen que vivió el barrio aledaño al aeropuerto, que el gobierno pensaba enviar al ejército a la calle, que la ciudad era un caos. 

    Esos desmanes son como si golpearas a la vecina porque estás enojado con tu esposa, pensó Abimael, pero no se atrevió a comentar para no importunar a la tigresa que estaba sosegada, apacible, embelesada, drogada, como si por fin se hubiese domesticado al nuevo sistema de vivir sin servicio eléctrico. Entonces estalló un grito unánime, de júbilo. Fue grande, unísono, como cuando el equipo local hace el gol del gane en el último minuto en un estadio abarrotado: Había regresado la luz.


Imagen de: https://www.elespectador.com/noticias.

lunes, 19 de abril de 2021

 

                                            Tobías Ariza


Casa de los Ariza en el Viejo Prado, Barranquilla


                                                                                                   Autor: Luis Miguel Ariza

Cuando lo conocí tenía la apariencia cansada que tienen los ancianos y la paciencia que dicen tuvo Job para las derrotas. Y a diferencia de Job, Tobías Ariza murió con la frustrante sensación de que toda su vida le fue robada.

Su niñez la pasó bajo la protección de su tío, Don Julián Ariza Palma, ganadero, terrateniente y hábil comerciante, quien ayudó la causa liberal cuando la guerra, proveyendo enseres y remesas para los combatientes a través del Puerto de Giraldo, en el rio Grande de la Magdalena. Estuvo presente la noche lluviosa cuando llegó un grupo de guerrilleros liberales en busca de alimentos y otros productos, quienes dejaron en manos de Julián Ariza la custodia de varios kilos de oro en barras pesadas camufladas en un tinajón para agua, junto a un purrón más pequeño con el mismo metal en polvo.

En la madrugada, Tobías Ariza ayudó a su tío Julián a empacar en sacos y subir a los burros el tesoro, que durmió junto a la puerta del patio, ajustada con una tranca, en un rincón donde había ahuyamas enormes como peñascos, toletes de yuca como troncos y ñames como cabezas disecadas de hipopótamos. 

Nadie supo jamás en qué lugar de una de sus fincas Julián Ariza sepultó aquella fortuna, pues, salió solo en la madrugada en su mula blanca y regresó al atardecer. Tobías Ariza le ayudó a desempacar, colocó el cavador y la pala en su puesto y durante mucho tiempo nadie recordó el asunto del oro de los guerrilleros porque entonces en casa Ariza había tanta opulencia que nadie necesitaba de esas cosas que casi no tenían valor comercial.

Después del armisticio y el ingreso liberal a la paz la cosa por fin se olvidó. Las riquezas descomunales de Julián Ariza sobrepasaban toda imaginación hasta el punto que se cree lograron asidero en la mente fantástica de un joven de mirada romántica y bigotes negros que andaba escribiendo vainas por todas partes. Gabriel García Márquez se llamó el joven y, al parecer, la historia alimentó parte de uno de sus libros más famosos: Cien años de soledad.

Se dice que en casa Ariza no tenían idea de las dimensiones ni del grueso de las riquezas que rodeaba a todos. Para Julián padre, el dinero era útil si servía para compartir con el necesitado los bienes que Dios puso en la Tierra, para sus hijos, inmediatos herederos, fue el medio para alimentar el ego, la prepotencia y el derroche, pensando que la fuente de la opulencia nunca se agotaría. Lo cierto es que el ganado que ordeñaban hoy no era el mismo que ordeñaban al siguiente día. Y que el ganado cimarrón doblaba en número al cebado, que para transportarlo de una hacienda a otra, el proceso duraba hasta diez días en inmensas filas imparables de cuernos y mugidos. En un tiempo se especuló de veinticuatro haciendas y, aunque no se supo de la cifra exacta, los testimonios hablan de más de una docena, la más pequeña abarcaba casi un municipio completo. Lomas quemadas, Bonilla, Arizona, Horijata, San Simón, Los pendales, Los Campanos, San Vicente, Sal si puedes, El Salao, Gallegos, son entre otras, las más reconocidas. Se dice de esta última que era tan inmensa que para recorrerla se necesitaban más de tres días, y era donde mayormente se concentraba el sembrado de productos para la canasta familiar, teniendo Julián Ariza que mandar a construir viviendas en un punto intermedio para que los campesinos no tuvieran que perder tiempo yendo y viniendo desde otras poblaciones a sus labores. Con el tiempo nació allí el corregimiento de Gallegos, hoy adscrito al municipio de Manatí. Las cosechas cubrían extensos territorios y su recolecta abarcaba varias docenas de hombres y el producido alimentaba la población todo el año, aún en épocas de escacez, a pesar que el grueso era enviado a otras localidades, incluyendo al municipio capital del departamento.

Cierta vez Julián Ariza viajó a Barranquilla vestido como siempre, alpargatas de cuero de res, pantalón y camisa blanca de lona agreste de saco para almacenar algodón, sombrero palma de flecha y su inseparable mochila terciada al hombro, donde, aparte de tantos enseres, guardaba su paquete de tabacos, fósforos y una infaltable botella de ron Ñeque.

En el concesionario donde averiguaba la compra de un camión, nadie prestó atención por considerarlo un pobre viejo que soñaba con comprar un camión. Sin tantos preámbulos, como era su costumbre en los negocios, adquirió el camión con un efectivo que llevaba en la pretina, con la indulgencia de quien compra un kilo de carne en la tienda, dejando a los del concesionario impactados cuando se enteraron que el pobre viejecito tenía dinero suficiente para adquirir el negocio completo con todos los trabajadores, incluyendo al propietario.

Luego adquirió una vivienda en uno de los sitios más prestantes de la ciudad, en el barrio Prado, frente a la funeraria jardines de los Recuerdos, al costado donde funcionaron los cines Metros, para que la familia tuviera dónde llegar cuando venieran del pueblo, especialmente los hijos Juan Manuel y Miguel Antonio, quienes estudiaban en el colegio de los hermanos Salesianos, uno de los colegios más selectos de la región.

La característica más relevante de Julián Ariza era su sencillez y capacidad para el trabajo arduo. Algunas veces era confundido con uno de los más de cincuenta campesinos que desmontaban la tierra donde se sembrarían los productos agrícolas de la temporada. Por eso la sorpresa del comerciante pretencioso que llegó atraído por la noticia de la colosal fortuna de Julián Ariza Palma, Qué desea, fue la pregunta del mismo interlocutor, Me dijeron que el señor Julián Ariza tiene un ganado para la venta y quisiera saber si él puede venderme algunos toretes que me faltan para completar el embarque, ¿Y cuántos le faltan? El comerciante se impacientó con el campesino que le ponía tantas trabas con su preguntadera, Quinientos, contestó, ¿Los quiere todos del mismo color o revueltos? El hombre se impresionó. Cuando terminaron de conversar, los trescientos que había adquirido el viajero se quedaron con Julián Ariza, Me los deja allí, donde los tiene guardados, esa finca es mía.

A la muerte de Julián Ariza Palma, los herederos, que no sabían exactamente del tamaño de aquellas riquezas, y por aquello que se dijo al principio del ego, la prepotencia y el derroche creyendo que el dinero aparecía por arte de magia, se despacharon en unos años el trabajo de toda la vida de su padre en una rebatiña que por poco trae consecuencias fatales entre ellos. De la descomunal riqueza sólo quedaron los recuerdos que se diluyeron con la muerte de los que la vivieron, y en la posible analogía en la nota en el libro de Gabo cuando, después de un diluvio de cuatro años, la miseria se apoderó de todos. Se dice que los doblones de oro fueron entregados como parte del botín de guerra en el armisticio, pero Tobías Ariza sabía que no era cierto. Y era el único que sabía del prodigio que ahora valía una fortuna mayor que la despilfarrada, sólo que hacía tantos años desde aquella vez, que nadie recordaba ni tenía idea del lugar exacto donde fue sepultada. En una cacería callada y denodada, se aventuró a desentrañar, palmo a palmo, el lugar posible donde estaba el tesoro. Pensaba resarcirse de los años de trabajo en casa Ariza sin que nadie de sus herederos indemnizara de alguna manera, pero la vida le jugó una treta difícil de sortear. Tobías Ariza había envejecido y la mente con él. Perdió el rumbo de las cosas, horadó en lugares lejos de donde inicialmente sospechaba estaba su redención, hasta los cimientos de la vieja casa Ariza, llamada por los locales La Quinta, ahora abandonada, el patio, las haciendas, por todos lados, hablando en voz alta con el fantasma de su tío, quien parece le daba indicaciones y luego le trastocaba la realidad para hacerlo perder en un mundo que ya no era el suyo.

Un buen día amaneció sin respiración sobre su cama de tijeras, en un costado de la cocina de barro y caña brava, desde donde podía ver las estrellas. Nadie supo que esa noche su tío le dijo el lugar exacto donde estaba sepultada la fortuna olvidada de los guerrilleros. En la finca Gallegos, cerca de un jagüey seco, bajo las raíces de un enorme carito que Julián Ariza había sembrado para guiarse, pero que fue cortado y por eso los buscadores perdían el rumbo. 


 


                                  El Insomnio del escritor 

 



                                                                                  Autor: Luis Miguel Ariza 




Apareció por las hirvientes y desoladas calles de Leña un medio día de caldo caliente. Estaba descalzo, sin camisa, y el pantalón era un ripio que sólo le cubría de las rodillas hasta la cintura. Era gordo como los gordos sedentarios cincuentones; el pelo alborotado y grisáceo, y en su rostro algunas arrugas denotaban que había recorrido mucha vida. Nadie notó su presencia porque a esa hora, en que el día se parte en dos, el letargo embarca a las personas en una pesada escafandra que los arrastra por mares inhóspitos en vagas pesadillas de sudor y sueño. El pueblo queda a merced del delirio y el silencio. Pueblo de muertos vivos donde la vida se detiene por un momento mientras pasa el fragor infernal del medio día. 

Recorrió las amplias calles dos veces por la pequeñez del pueblo, antes de caer exhausto en la plaza, frente a la desvencijada iglesia. Una caída de roble vencido que tenía días largos de estar suscitándose. Aunque creyó que no era la muerte todavía. Siempre pensó que saborear el gusto de la muerte se le daría por un suceso épico, un momento especial donde el Universo entero detiene su engranaje estremecido por su silencio. Así que no era ni mucho menos aquella burla de caer laxo sobre un montón de yerbas y cagajón seco frente a esa minúscula iglesia de fe doblegada, de un viejo color amarillo, puertas abiertas y más solitaria que un cementerio. Un cielo de azul lampiño entraba por sus ojos mientras combatía la muerte. Boca reseca, barba negra y abultada. Sus ojos eran igual de negros y tenían la expresión tácita de los muertos rebeldes, los que no  se cierran apegados tercamente a un sorbo de vida inexistente. Allí vio el montón de rostros que lo rodearon, curiosos. Por un instante pensó en carroñeros dispuestos a darse un festín con sus restos; movió una pierna para espantarlos, pero el gesto pesado era más de derrota que de lucha. La lengua blanca tijereteó viva, como esperando separarse de aquella caverna que la aprisionaba. Realmente parecía que estaba muriendo y ellos, en vez de irse, más se aproximaban.

— ¿Cómo te llamas, forastero?

Eran miradas sin brillo, viejas, alejadas de la sorpresa, pero que le inspiraron un ligero espanto. Nunca gustó de las miradas, ningún tipo de mirada. Todas esconden cosas, especialmente recelo, y son capaces de originar aterradores espantos. El alma se ve en los ojos, y en los ancianos era más que evidente. Las aves y animales salvajes se espantan de sólo ver que los están mirando. Un grupo de ancianos, de negros surcos en la piel, sombreros como hilachos de nidos de pájaros, huérfanos de dientes, de miradas pavorosas, aunque parecían sólo expectantes, no se sabe de lo capaz que podrían ser, lo tenían rodeado como al ave prisionera que perdió la libertad de controlar sus alas. Llamarlo forastero fue la mayor de las ironías, él pensaba igual de ellos.

—No puedo dormir.

Fue como si no hubiesen escuchado; todos eran ancianos, algunos flacos más que otros, otros un poco gordos, pero que en sus rostros no se denotaba sorpresa si la muerte, como gavilán pollero, llegase repentinamente a llevarse al más vulnerable entre sus poderosas garras. Las miradas de ancianos eran más temibles porque habían vivido tanto que ya nada les impresionaba. Era la tarde de cielo azul con partículas negras girando, volando a lo lejos, un pedazo largo de nube blanca como carámbano cruzaba solitaria la desierta inmensidad apenas sostenida por un sol iracundo, violento como son todas las cosas de Dios. Como son las tardes de verano en Leña.

El hombre fue levantado y llevado a una vieja casona frente a la plaza, de alto frontispicio que emitía un silbido terrorífico cuando el viento se partía pleno entre sus arandelas. En sus recuerdos la casa era más joven, distante del caserón carcomido por el olvido que parecía a punto de derrumbarse como estaba ahora.

Durmió toda la noche, despertando sobresaltado por el aullido de espanto en desbandada del viento en la noche franca, espesa, como brea líquida, pero casi de inmediato cerraba los ojos y quedaba profundo. Ni siquiera tuvo la decencia de soñar. Al amanecer vio a los ancianos como si hubieran pasado la noche en vela, sentados casi en círculo encima de una piedra, sobre un tronco o en cuclillas. Se veía que habían tomado café. Ahora sólo miraban sin mirar, como si miraran para adentro cuando la conversación ha perdido interés. Se percataron de su presencia cuando el hombre les lanzó un, Buenos días. Pareció como si despertasen. Volvió a sufrir la incomodidad de sus viejas miradas, algunas muertas como las de un pescado. Retornaron sin sorpresa los buenos días, mientras el hombre sabía que el silencio expectante se traducía en preguntas.

— ¿Dónde estoy?

—En el fin del mundo. Eso creemos.

El hombre sabía que tenía días de no dormir, por lo tanto, no soñaba con aquellos ancianos forasteros que, incluso, en el rumor silencioso de sus comportamientos, preguntaban más de lo que respondían. 

—Dinos cómo hiciste para aparecer por estos rumbos.

—Y lo mejor, cómo harás para irte.

––Soy de aquí.

––No, no lo eres. Aquí todos nos conocemos y estamos seguros de lo que decimos.

–– ¿Entonces cómo sé que en este pueblo del fin del mundo como dice usted vive la señora Alicia Barreto?

––No sabemos quién es ella.

––Y Abimael, Julián, Justo Gómez y su esposa Cristina, la señora Tinita, el señor Fontalvo, Germán y Emilio Fonseca, Manuel Ariza…

–– ¿Quiénes son ellos?

El día empezaba con la misma diablura que el de ayer y todos los días que precedieron al de antes de ayer. Cielo azul, inmenso, una que otra mota de algodón vivo que viajaba apresurada, como huyendo, mucho calor y resequedad. Algunas aves negras girando entre sí, tan lejanas que pocos ancianos podrían verlas y solazarse por la libertad de desprenderse de las amarras que a ellos sujetaban contra la árida tierra, la misma que luego los pulveriza con hambre, sin compasión. En algún lugar, que todavía no detallaba, debería estar subiendo la cabeza incendiada del cerillo que despedía aquel calor que vivía pegado a su cuerpo como la piel a los huesos. El hombre empezó un recorrido por su memoria de quien narra una historia, de la mujer que soportaba callada sus eternos insomnios, que le daba paliativos de yerbaluisa, tabletas de Melatonina, gotas de Coquan, fricciones en los pies, que lo mantenían en un estado de sonambulismo, soñando despierto.

— ¿Dijiste que tienes mujer?  

—Anoche dormiste como recién nacido.

–– ¿Quiénes son esas personas que mencionaste?

El hombre silenció. Miró la caterva de viejos que lo inyectaban con preguntas insidiosas; cada mirada era como un punzón que le carcomía la tranquilidad. Recordó que en sus tiempos de juventud su deseo más acendrado era asesinar a los ancianos, todos los ancianos, pero más que actitud de asesino serial, era sensación compasiva, convencido que les ahorraría una larga pila de sufrimientos y angustias al ver cómo se les desmoronaba la vida sin que nadie pueda realizar nada a su favor. Recordaba las caídas aparatosas de su abuelo, como un fardo, doblegado en el suelo, como animal cruelmente abatido con la mirada desamparada mientras era levantado en medio de aspavientos de los demás. Las mismas embarradas con su caca, jugando al palito en boca, y era un espanto ver el espectro de burla del cuerpo de la abuela cuando la bañaban, y su madre y dos tías le pedían auxilio, que le trajera la toalla, que ayudara a sacarla de la bañera. En la tensión angustiante del momento. Una vez preguntó, sobrecogido, qué le pasaba a la abuela, Está muy vieja, dijo su madre, Yo no me pondré así, dijo él, casi inocente, Todos nos ponemos así, contestó la tía Brígida, que en paz descanse. Yo no, insistió él. Ella lo miró curiosa, A ver, por qué tú no te pondrás así, Cuando esté llegando a esa distancia, apago el fósforo, Cuál fósforo, de qué diablos hablas. Tía dolores dice que todos caminamos porque Dios nos enciende una lucecita dentro de nosotros como un fósforo, y que él decide cuándo apagarla, no esperaré sus conveniencias, mucho menos su burla, Hablas unos disparates. De Dios nadie se burla, hay que obedecerle, pide perdón y el domingo te confiesas ante el sacerdote. O sea, que si Dios decide ponerme cinco patas para que corra como los cangrejos tengo que obedecer y sentirme satisfecho, sigo creyendo que es una burla, Este pelao está loco. El silencio era secundado por el recuerdo del bojetón en la mejilla que le disparó la tía Brígida, y la sangre que le salió asustada de entre los dientes y los labios. Tía Brígida siguió en lo suyo con la abuela mientras él se apartaba de allí para evitar el feo espectáculo de momia viva que era la abuela. No lloró. Había en su ser cosas más grandes enturbiándole su niñez, por lo que no perdería tiempo ni con la incomprensión de la tía Brígida ni con el títere en movimiento de la abuela, como muñeca de trapos que al soltarla caía de cualquier manera.

Ahora las miradas de los ancianos no eran meramente inquisitivas, ni mucho menos estupefactas, como creía; sólo querían saber por qué hablaba diabluras incomprensibles, como les pareció cuando dijo tener mujer en estos tiempos donde nadie tiene nada, y menos mujer, y que le era imposible dormir cuando ellos testificaban que lo vieron roncar como perro viejo, que se revolvía como si fuera a dejar el sueño, pero luego lo atrapaba con el ansia de quien se acomoda las sábanas para evitar el frío seco de la madrugada, y caía nuevamente en esos estertores como de animal con un hueso atragantado en la garganta.

—Sí, tengo mujer. Y no he dormido como dicen.

—Si tú lo dices…

––Abel Sarabia, Rosa Barrios, Mauricio, María empella, Amalia Vergara, Abimael…

Uno de los ancianos pensó que el hombre deliraba, pero en medio de la retahíla de nombres, rescató que en su infancia escuchó hablar de Félix Valencia y lo comunicó a los demás: El tipo no delira, esos nombres son de personas que murieron mucho antes que nosotros hubiésemos nacido. Entonces no es posible que los hubiera conocido siendo más joven que nosotros, Alguien debió mencionarle esos nombres, Puede ser, Ayer no paró de hablar de este pueblo de cuando las cosas no tenían precio y la gente compartía sus necesidades, ¿Será un muerto que equivocó el tiempo de regreso, como si hubiese llegado atrasado? Eso no sucede con los muertos, deja de pendejear con esas fantasías, Conozco los recientes, los que todavía la gente recuerda, pero estos que aparecen de la nada en una época donde ya no están quienes vivieron con él en su tiempo, sí que es desatino, burla de la más vergonzosa. Forasteros en su propia casa.

Al hombre no pareció importarle las dudas del anciano que habló, pues, tenía concentrada la pregunta de cómo iba hacer para irse, si ni siquiera sabía cómo llegó. Quiso seguir explicando, pero la mente se detenía firme en la mañana aquella en que su mujer regresó de la tienda con la novedad casi abismosa de que habían desaparecido dos mujeres en la edificación. Que la policía indagaba, que las noticias estaban en los noticiarios y que, posiblemente, les interrogarían a ellos. Decimos lo que sabemos, dijo, ¿Y qué sabemos? La mujer lo miraba interrogante, Que estaban aburridas con los maridos y que algunas veces expresaron que querían irse lejos; nada de especulaciones de si posiblemente se fueron, ni con quién; primero, porque no tenemos certeza de nada, segundo, porque si dejamos que a la mente se le vaya la lengua, estaríamos confundiendo con lo que creemos y lo que realmente puede ser. Que sean los investigadores quienes encuentren las respuestas, al fin para eso les pagan. Luego no encontró respuesta cuando la mujer expresó que, igual, algunos hombres también deberían desaparecer. Si lo dices por mí, contestó, Sabes que no te obligo a nada. Todo lo que haces es decisión tuya; si te vuelves a marchar, haré lo mismo que hice cuando regresaste, nada. La mujer quiso decirle que justo eso era lo que le fastidiaba de él, pero el hombre ya había entrado al estudio, abría el ordenador y se aprestaba a hacerse casi invisible mientras escribía, que era una forma figurada de desaparecer, según ella.

Él escribió por buen rato, olvidado que no ansiaba el sueño que otras veces se le hacía recurrente, casi necesario, con el poder indestructible de la costumbre de dormir, luego cerró los ojos, recostó la cabeza contra el escritorio, no por cansancio, que de esto nunca sentía, sino para ordenar algunas ideas del escrito que tenía en pantalla. Cuando los abrió ya no estaba allí, o en otras palabras, estaba en su pueblo natal, extrañamente lleno de viejos desconocidos, caminando sus calles sin rumbo, asustado.

 


domingo, 18 de abril de 2021

 





Luis Miguel Ariza C, nacido en el corregimiento de Leña, en el departamento del Atlántico, Colombia. Casado con Rosmery Balza Dederlee, de cuya unión tenemos tres hijos. 

Dedicado al oficio de la escritura desde muy joven gracias a los oficios de un amigo fallecido, quien me prestaba libros para leer en tiempos donde no existían las redes sociales y había que inventar excusas para evitar que el fastidio lograse doblegarme como ocurre con las generaciones de los nuevos jóvenes hoy día, tan afortunados ellos. Soy apasionado de los dulces y no gusto de dietas de ninguna clase. Sólo viviré una vida y no la pasaré con hambre. Mi esposa algunas veces ha dicho que no le amo porque jamás pido un tipo de comida en particular. Lo que me ponga sobre la mesa, eso como. No soy dado a imponer criterios a nadie y pienso que el mundo lo debe cambiar la juventud, pero antes ellos deben evadir los engaños e ilusiones que deriva de la juventud cuando se cree que es eterna. De mi cosecha como autor se desprende una serie de cuentos, poemas, tres novelas totalmente corregidas para edición. 
La temática de mis trabajos, especialmente las novelas, giran con base a símbolos que de una u otra forma, son parte del diario acontecer de la vida. Soy opuesto rotundamente a toda forma de maltrato contra la mujer y el tema básico de mis novelas y algunos cuentos es la violencia que sufren como cultura en muchos países. Algunos cuentos están relacionados con mi época de juventud en Leña y se combinan elementos ficticios con anécdotas personales. Mi poesía la describo como jodidamente reflexiva y el amor y sus tristezas son la nota predominante.